Vejez desde la cultura

CONOZCAMOS A LOS ANCIANOS A TRAVÉS DE LA LITERATURA Y EL CINE

Como profesionales al cuidado de la Salud en los Ancianos, tendemos a centrarnos en la visión de la Enfermedad y no de la Persona. Hemos aprendido a identificar síndromes, a diagnosticar males, a pautar tratamientos, ¡si hasta prescribimos ejercicio y nutrición, haciendo que Hipócrates cabecee orgulloso después de tantos siglos!

Pero en todo este proceso de aprendizaje, hay algo que a veces se nos pierde, que, ensimismados como estamos en nuestro propio camino del saber, nos olvidamos de conocer: al anciano en sí mismo. Ese “¿quién es?”, que nos ayuda a ver más allá del arrugado personaje. Conocerle le contextualiza y nos hace tomar conciencia de la persona que justifica nuestro puesto; y no hablo de los antecedentes personales, hablo de la persona que nos lleva décadas de ventaja, y que merece el infinito respeto de la experiencia vivida.

El problema es que les conocemos cuando ya son viejos. Obvio, me dirán, si nos dedicamos a eso... pero es que acabamos dando por supuesto que solo son eso, viejos. Un ejemplo: una visita domiciliaria rutinaria a un paciente con una demencia moderada. Ya saben, último paciente antes de comer, hablar con la familia, pasar escalas, levantar sábanas de franela en busca del soplo, de la herida.. y de pronto, enmarcada en la pared, la foto en blanco y negro de un hombre guapísimo, vestido de marinero y apoyado negligentemente en un murete. Su mirada, su sonrisa de medio lado, lo dejaban claro: era un galán de cuidado.

Y por arte de magia, ese fardo arropado que no había observado con demasiada atención cobró otro sentido para mí. Porque eran el mismo. Porque yo no lo había visto hasta ahora. Porque solo me había preocupado (en mi descarga diré que mucho) por el anciano que es y no la persona que lo habita.

Claro, no podemos conocer las vidas de todos nuestros pacientes (no nos engañemos, la mayoría de las ocasiones es demasiado duro rascar en décadas de historia, con su carga de felicidad y tristeza, de melancolía, de valor y de fracaso). Pero sí que podemos, al menos, admitir que no nacieron viejos, que tienen una vida detrás, una vida actual y quién sabe, si hemos estudiado mucho igual hasta una por delante (¿horas, días, años?, da igual, son suyos). Los que tenemos suerte, hemos crecido con abuelos a nuestro alrededor, pero eso tampoco nos ha permitido darnos cuenta, o al menos no intuitivamente, de que no siempre han ocupado ese puesto.

Pues bien, les propongo un pequeño reto que a mí me ha sido útil: conozcamos a los ancianos a través de la literatura y el cine. Dejemos que sean ellos los que nos cuenten, como protagonistas, lo que sienten, cómo viven, qué recuerdan, qué quieren y desean. Así, aunque no conozcamos a todos nuestros pacientes, al menos seremos conscientes de que son algo más que un grupo que comparte edad.

Y, ¿quién sabe?, igual hasta nos dan ganas de conversar, no solo historiar, con alguno de los habituales de la sala de espera. Les iba a decir que se lo agradecerán, pero los que ya lo hemos probado sabrán que los agradecidos al final, somos nosotros...

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