
Como no podía ser de otra forma, inicio este comentario con la noticia de la reciente incorporación del término edadismo al diccionario de la RAE, definiéndolo como “discriminación por razón de edad, especialmente de las personas mayores o ancianas”.
Efectivamente el edadismo está trascendiendo como uno de los problemas sociales con más repercusión en la calidad de vida de los mayores, considerándose además una manifiesta falta de respeto de sus derechos humanos. Cada vez es existe mayor consciencia la realidad de este problema y de su gran transcendencia, basta examinar los datos contenidos en el Informe Mundial sobre el Edadismo que publicó la OMS en 2021.
Sin embargo, la preocupación por la discriminación por edad no es nueva, ya en los años 60 se estableció el término “ageismo”, que describía discriminación relacionada con la edad (aunque no sólo referida a ancianos). Desde esa fecha se han ido multiplicando los reclamos a considerar la discriminación hacia los mayores, valorando las repercusiones negativas de todo tipo que esta produce, y por tanto exigiendo el establecimiento de medidas de lucha contra esta situación.
Sin embargo, conseguir implementar medidas efectivas contra el edadismo va a ser una tarea lenta, si se busca eficacia; porque reconocer el problema sólo nos permite iniciar la búsqueda de las soluciones, y estas son complejas, debido especialmente a que algunas de las causas de discriminación están profundamente enraizadas en nuestra sociedad.
En su informe la OMS propone tres estrategias, a nivel de políticas y legislación, a través de intervenciones educativas y con el fomento de contacto intergeneracional. Y realiza tres “recomendaciones para la acción”, que son: invertir en estrategias de lucha contra la discriminación de eficacia científicamente contrastada, mejorar los datos y las investigaciones sobre el edadismo y crear un movimiento para cambiar el discurso sobre la edad y el envejecimiento, siendo esta última propuesta la que quizás esté demostrándose más eficaz en su implementación.
Existe un edadismo institucional, quizás el más fácil de combatir, pues mediante la implementación de estrategias políticas y legislativas que abordan la desigualdad por motivos de edad, en los últimos años se está avanzando progresivamente en mejorar la consideración de la persona mayor como plena sujeto de derechos.
Por ejemplo, la reciente reforma del Código Civil, que modifica la figura de la incapacitación judicial y la sustituye por un sistema de apoyos para las personas con discapacidad, que en muchos casos son personas mayores con limitaciones físicas y sobre todo cognitivas. Cambio normativo que va a permitir que se considere y se valore la opinión de la persona mayor, aún en aquellas situaciones en las que no tenga una plena capacidad. El suprimir o limitar la expresión de la voluntad del mayor, más en relación a una situación de edad que a una real incapacidad cognitiva, es uno de los principales signos de existencia de edadismo institucional.
Sin duda queda mucho campo por recorrer a nivel institucional, como el desarrollo de las estrategias que fomenten la relación intergeneracional en todos los ámbitos o el promover políticas informativas o de uso del lenguaje que evite el fomento de la discriminación por edad. Se están realizando acciones a diferentes niveles institucionales, como el Proyecto de ciudades amigables con los mayores de la OMS, al que están adheridas numerosas ciudades en España, y que tiene entre sus objetivos fundamentales el reconocimiento de la diversidad de los mayores y el respeto a sus decisiones y a sus opciones de vida. Otros ejemplos serían las campañas que tratan de evitar la imagen negativa mostrada en medios de comunicación; o acciones tendentes a mejorar la relación intergeneracional como las unidades de coexistencia, etc.
Sin embargo, más allá de cambios legislativos y de funcionamiento institucional, es en el ámbito de la relación personal, tanto en la familia como en la comunidad, donde se debe librar la más ardua batalla contra el estigma de la incapacidad y futilidad de la vida de nuestros mayores.
Es el edadismo que aparece en las relaciones personales, familiares y sociales de proximidad, donde diariamente se expresan ideas y actitudes de minusvaloración del mayor; impronta discriminatoria que se ha desarrollado en cada uno de nosotros durante toda la vida, con una sucesión de representaciones del anciano como persona menos válida, con ideas anticuadas, actitudes y opiniones “viejas”, incapaz de aprender y de afrontar lo nuevo, etc.
Esta vivencia personal, que de forma continua ha ido reforzándose con la información privada y pública que hemos recibido diariamente, aún hoy está manifiestamente presente: recordemos los comentarios que se hicieron sobre la edad de la alcaldesa de Madrid, doña Manuela Carmena, o los más recientes realizados sobre don Ramón Tamames, durante su aventura parlamentaria.
La pregunta es ¿cómo se puede afrontar un cambio personal y social que modifique esa percepción?; y como en todo intento de modificar una actitud socialmente arraigada, la respuesta es que se debe hacer de forma lenta y progresiva, informando y convenciendo de que ese estereotipo discriminador es erróneo y profundamente perjudicial.
Debemos mostrar diariamente, con todo tipo de acciones personales, profesionales y sociales, la capacidad de los mayores para vivir plenamente su vida y para decidir cómo quiere afrontar sus últimos años; igual que a los jóvenes se les tolera los “errores de juventud”, con nuestros mayores debemos entender y atender sus deseos y opiniones sobre cómo quieren vivir su vida, aunque no coincidamos frecuentemente con sus pensamientos y razones.
En el ámbito de la atención geriátrica y gerontológica, en muchas ocasiones tendemos a dar por supuesto que nuestra propuesta de actuación es la correcta y sólo informamos brevemente a nuestros pacientes y usuarios, indicándoles que es lo que vamos a hacer, o peor aún informamos a los familiares o cuidadores, dejando de lado a los que deberían ser los verdaderos protagonistas de nuestra atención.
Ustedes me dirán que esto está cambiando, que ya está definido el edadismo en la RAE; pero pienso que quizá no sea un cambio suficientemente importante.
Juan Miguel San Juan Perdigón, Geriatra
Hospital Nuestra Señora de los Dolores La Palma

