“Los siguientes” (Pedro simón, Ed. Espasa, 2024) es una preciosidad. Lo compré como compro todo libro en el que un anciano (perdón por la palabra que ya sé que no gusta mucho, pero es que yo misma empiezo a ser un poco vieja, con mis costumbres y lenguaje desfasado), un anciano, digo, es protagonista. Y me daba miedo empezar a leerlo, y que fuera otro drama donde más o menos en el tercer capítulo ya estás deseando pedir la eutanasia para evitarte la vejez, o peor aún, que fuera un horrible relato sobre las bajezas que asoman en los algunos hijos en cuanto toca arrimar el hombro o cuando toca repartir los tres duros que dejó el abuelo.
Y no, resulta que es conmovedor, mucho, me he hartado a llorar, pero porque te cala desde la desnudez de sus personajes, tres hijos que cada uno a su manera afrontan el cuidado del padre que se va diluyendo en el deterioro funcional y la demencia. Ninguno es del todo bueno, pero ninguno es un monstruo; todos se equivocan un poco, pero haciéndolo lo mejor que saben, o simplemente como pueden desde los pequeños rencores que inevitablemente todos llevamos dentro después de una vida compartida. Los tres hijos somos cada uno de nosotros un poco, creo, en un momento dado: el sacrificado, el favorito, el sabelotodo. Y cada uno ve en la vejez del padre una premonición de la suya propia, como hacemos todos.
Me ha gustado porque es sincero. Y porque, aunque es triste perder poco a poco un padre, es mucho más triste hacerlo sola, y ese es un mensaje que trasmite muy bien: la red fraterna al final o se raja y te deja sola en el suelo con los huesos del alma rotos, o te sostiene, apretando los huequitos bien para que no se te escape la vida por ellos. Yo tengo mucha suerte en eso, pero sé que hay muchos que no, y que deberían leerse el libro a ver si les remueve un poco por dentro.

