Estuve buscando para mi reseña algo muy especial esta vez, les explicaré porqué: en noviembre falleció mi abuelo, y quería encontrar un libro que le hubiera gustado, o que contara una historia algo parecida a la suya. Pero he buscado y no veo ninguna que me cuadre. Así que si me permiten, este mes simplemente les hablaré un poco de cómo ha influido en mi forma de entender la vejez, de entender la vida.

Y creo que la mejor manera de explicarlo es con una anécdota: de niño vivió en la Normandía ocupada de la Segunda Guerra Mundial, no hablaba mucho del tema, pero sí había una anécdota que oí mil veces: un día le regalaron un croissant para desayunar (imagínense, un tesoro de valor incalculable), y se lo guardó para la merienda, con tan mala suerte que al llegar del cole ya no había casa ni croissant; cosas de la guerra, imagino. De ahí le quedó un “disfruta ahora que luego quién sabe”, que le he conocido hasta el final de su vida. El pasado verano aún brindaba en cada ocasión que se presentara y, en sus últimos días, aún se aferraba a la puesta de sol desde su jardín por el simple placer del momento. Porque mi abuelo nunca fue “viejo”, en el sentido de que nunca tiró la toalla, nunca dejó de sentirse vivo, de tener planes. Y no es que tuviera una salud excepcional (era sordo desde muy joven, y tenía un tobillo destrozado de un accidente, y tuvo un ictus, y un cáncer de colon y mil cosas más que se van sumando en casi cien años de vida), pero es que no dejaba que nada de eso le impidiera irse de vacaciones, apuntarse a un picnic o arrancarse a cantar en mitad de la comida hasta los últimos meses de su vida.

Aprendí de él que la edad es solo una cifra y que no puede ser una excusa, que no había novedades que no estuviera dispuesto a conocer, que los conceptos que consideramos modernos él ya los tenía trillados antes incluso de que tuvieran nombre. ¡Si hasta había dejado escrito sus voluntades anticipadas para cuando llegara el momento, cuando de eso ni se hablaba!. Me enseñó que seguir el camino que quieres tiene un precio, y que la perseverancia tiene una recompensa, y todo eso sin palabras rimbombantes, sin grandes discursos, solo con su ejemplo. Y escuchando, esas charlas alrededor de una mesa que podía ser de 30 personas, con debates a veces encendidos de cualquier tema, sin tapujos, sin filtros, donde aprendí lo que significa la libertad (que duro es cuando te la enseñan, y luego ves lo que escasea en la vida cotidiana, la verdad).

Sólo puedo darle las gracias, y decirle, allí donde esté, que cuidaremos de la abuela, o más bien, que ella seguirá cuidando de nosotros hasta que decida ir a buscarte.