La desnutrición es uno de los síndromes geriátricos más prevalentes en la población anciana. Se trata de un problema de salud infradiagnosticado en este sector de la población y que a menudo suele pasar inadvertido. La prevalencia de este síndrome difiere según el nivel asistencial en el que se encuentre el adulto mayor: ancianos de la comunidad (7.8%), unidades de recuperación funcional (14%), residencias (28.4%), hospitales (40%) y unidades de larga estancia (56%) (Camina-Martín et al., 2016).

Esta prevalencia aumentada tiene su origen en la mayor vulnerabilidad que presenta el adulto mayor debido a distintos factores entre los que cabe mencionar: cambios anatómicos y fisiológicos que ocurren durante el envejecimiento, falta de movilidad, aislamiento social, alta prevalencia de enfermedades crónicas y a la polifarmacia (Pérez-Llamas, 2012).

Pero, ¿tiene algún tipo de repercusión para la salud del adulto mayor la aparición de este síndrome? Sin lugar a dudas, la respuesta es afirmativa. La desnutrición relacionada con la enfermedad supone en la actualidad un problema de elevada relevancia pues condiciona un aumento de la morbimortalidad y de los costes sanitarios en el paciente hospitalizado (García y Juan, 2012). Entre las consecuencias clínicas asociadas a las deficiencias en la salud nutricional se encuentran: desarrollo de enfermedades, infecciones de repetición, úlceras por presión, retraso en la cicatrización de heridas, mayor dependencia funcional, sarcopenia y peor calidad de vida (Pérez-Llamas, 2012).

La desnutrición puede definirse como: “estado resultante del déficit de energía o proteínas y/u otros nutrientes, en el contexto de una ingesta comprometida o de una mala asimilación de los nutrientes por parte del organismo” (Cederholm et al., 2017). Ahora bien, desde 2018 existe un consenso internacional elaborado por el grupo de trabajo Global Leadership Initiative on Malnutrition (GLIM) con representantes de distintas sociedades científicas (ASPEN, ESPEN, Federación Latinoamericana de Nutrición Parenteral y Enteral -FELANPE- y la Sociedad de Nutrición Parenteral y Enteral de Asia -PENSA) que da respuesta a la incertidumbre existente en torno al diagnóstico de desnutrición y ofrece unos criterios tanto para su diagnóstico como para clasificar su estadio. En efecto, propone que el diagnóstico de desnutrición se asuma en base a la presencia de al menos un criterio fenotípico y un criterio etiológico:

  • Criterios fenotípicos: pérdida de peso involuntaria, bajo índice de masa corporal y masa muscular reducida.
  • Criterios etiológicos: reducción de la ingesta/asimilación de alimentos y presencia de inflamación/enfermedad (Cederholm et al., 2019).

Tabla 1. Criterios fenotípicos y etiológicos diagnósticos de desnutrición.

La evaluación nutricional se fundamenta en los siguientes pasos (Camina-Martín et al., 2016): historia clínico-nutricional (análisis de los antecedentes personales, revisión de polifarmacia, estado dental o problemas en la cavidad oral), historia dietética (el Grupo de Trabajo en Nutrición en Geriatría de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología propone el método recordatorio de la ingesta dietética de 24 horas que permite estimar la ingesta real de forma cuantitativa en ancianos), evaluación antropométrica (las medidas antropométricas más habituales en la práctica clínica son: peso, altura, índice de masa corporal, pliegues cutáneos, circunferencia braquial y circunferencia de la pantorrilla), valoración bioquímica (los indicadores bioquímicos relacionados con desnutrición son: proteínas viscerales -prealbúmina, albúmina y transferrina-, número total de linfocitos y colesterol), cuestionarios de valoración del riesgo de desnutrición (permiten detectar de forma rápida el riesgo de desnutrición), evaluación de la composición corporal (en el ámbito de la investigación se suelen emplear preferentemente técnicas de referencia -tomografía computarizada, resonancia magnética o absorciometría de rayos X de doble energía-, a diferencia del ámbito asistencial donde la bioimpedancia se presenta como una alternativa válida) y valoración funcional (aconsejable la medición de la fuerza máxima de prensión de la mano empleando un dinamómetro y la realización del test de velocidad de la marcha).

El abordaje de la desnutrición relacionada con la enfermedad deberá incluir los siguientes aspectos: formación en nutrición a los equipos sanitarios que mejore la detección e intervención sobre este problema, estandarización y protocolización tanto de la valoración nutricional como del tratamiento nutricional, estandarización de la monitorización del plan de cuidado nutricional y registrar el diagnóstico de la desnutrición relacionada con la enfermedad y la intervención nutricional para su codificación (Sánchez-Muñoz et al., 2017). Los pilares del tratamiento de la desnutrición incluyen: consejo dietético (puede incluir asistencia humana en la alimentación), educación para cuidadores, adaptación de texturas, enriquecimiento dietético, prescripción de suplementos nutricionales orales, nutrición enteral e incluso parenteral (Drevet y Gavazzi, 2019).

En resumen, la desnutrición supone un síndrome geriátrico que se presenta con una alta prevalencia en el adulto mayor y con importantes consecuencias negativas en su salud; es por ello que un diagnóstico precoz y una intervención nutricional rigurosa son fundamentales para mejorar la salud y por ende la calidad de vida del adulto mayor.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Autora: Nuria Herrera Fernández.