Cien cuyes

La toma de conciencia sobre la vejez va calando en la sociedad, poco a poco, y adquiriendo una visibilidad paulatina. Prueba de ello, es la novela ganadora de este año del Premio Alfaguara “Cien cuyes” (Gustavo Rodríguez, Ed. Alfaguara). No voy a entrar en el debate moral del argumento, que como refiere el resumen y sin reventarles la trama, es la eutanasia. Prefiero que reflexionemos juntos sobre los motivos de sus protagonistas: la soledad y las expectativas en la vejez. Hoy quiero que pensemos juntos en las expectativas.

Nos bombardean con datos epidemiológicos de envejecimiento, horrorizan sobre la insostenibilidad de las pensiones, ahogan en pena con cifras de mortalidad en las pandemias, canículas, y otros horrores, pero hay un tema que aún se calla por pudor, y que creo que duele más que todo eso junto: la ausencia de horizonte vital percibida en la vejez, que tan bien se describe en esta novela. Y no me refiero con eso a que se van a morir más o menos pronto, si no al vivir para qué.

Al inicio de cada curso, les pido a mis jóvenes alumnos que cierren los ojos, y evoquen lo que la palabra “viejo” les trae a la cabeza. Las respuestas son siempre las mismas: “dependencia”, “enfermedad”, “pérdida”…nadie me dice: “libertad”, “sabiduría”, “paz”. Y con esa idea nos vamos quedando, durante 50 años, recibiendo solo ideas negativas de la vejez que se nos quedan grabadas a fuego; claro, llegamos a viejos y es difícil superar el condicionante de lo aprendido. Y este libro, maravilloso, dulce, que representa tan bien el agobio de ser cuidador y objeto de cuidado, describe a la perfección lo que vamos cocinando durante nuestra edad adulta, que es la convicción de que no se puede esperar nada de la vejez ni en ella.

A veces tengo la impresión de que los viejos son las nuevas mujeres; entiéndanme, como a ellas no hace tanto (¿aún?) las expectativas sociales son altísimas: ser guapa, lista, empoderada, madre y trabajadora, y todo lo demás… pues después toca ser un viejo saludable, activo, sin enfermedades limitantes y totalmente independiente, que por las mañanas lee a Kant y por las tardes baila claqué un par de horas antes de irse de fiesta con los del imserso….igual también hay que adaptar las expectativas en la vejez para que cuando uno no llegue a los 80 como Jane Fonda, aún así la vida no se nos haga insoportable. Que nos siga apeteciendo vivir…

Tal vez, a la par que visibilizamos el envejecimiento, tenemos que empezar a dar herramientas para sobrellevarlo venga como venga. Cada cual, por supuesto, que viva y muera como quiera, pero pienso a veces que no desearíamos tanto morir si estuviéramos mejor preparados para la vida…