En todos los ámbitos donde se trabaja con y para personas mayores, tenemos claro que la calidad de vida es lo importante, y la búsqueda de cómo vivir esas décadas de la forma más satisfactoria posible se ha convertido en la expedición a El Dorado del siglo XXI.

La respuesta puede parecer sencilla: “mantén la capacidad para hacer las cosas”, pero el cómo conseguirlo ya es otro cantar, puesto que en la persona mayor confluyen muchos factores que tienden a conjurarse para provocar deterioro funcional. Entre estos factores, como la comorbilidad o el consumo elevado de medicamentos, en los últimos años se está prestando especial importancia a la sarcopenia.La sarcopenia es una pérdida gradual de la masa y funcionalidad del músculo esquelético, con la consecuente disminución de fuerza y aumento de la discapacidad .

Las tasas de prevalencia de sarcopenia alcanzan hasta el 50% en ancianos que viven en su domicilio, mientras que en residencias podemos encontrar cifras de hasta el 85% de los ancianos institucionalizados.

Este síndrome no solo se relaciona con la pérdida de capacidad funcional, además aumenta la mortalidad, los costes de la atención socio-sanitaria y se relaciona con peor pronóstico de la enfermedad cardíaca, respiratoria y tumoral. Con estas cifras tan elevadas, y las consecuencias graves que se le asocian, se recomienda hacer un cribado de sarcopenia a todos los paciente que refieran síntomas o signos de sarcopenia (caídas, fatigabilidad, lentitud al caminar, pérdida de peso o dificultad para tareas sencillas como levantarse de una silla).
Un primer cribado puede hacerse con escalas sencillas como la escala SARC-F, que solo con 5 preguntas sencillas (sobre la fuerza, la ayuda que requiere para caminar, la capacidad para levantarse de una silla o una cama, el número de caídas en el último año y la habilidad para subir escaleras) nos permite identificar a aquellos pacientes con riesgo de sarcopenia. En estos pacientes con una sospecha de sarcopenia, se debe confirmar el diagnóstico evaluando si existe una pobre calidad y cantidad de masa muscular. El problema es que para efectuar este diagnóstico se deben utilizar herramientas que no suelen estar disponibles en la práctica clínica habitual, como una bioimpedanciometría, o una densitometría, por lo que muchas veces al paciente podemos cribarlo pero no diagnosticarlo de forma precisa. Como último paso en el proceso de diagnóstico de sarcopenia, se considerará que el paciente tiene una sarcopenia severa si tiene una disminución de la capacidad física, medido con test sencillos de desempeño, como la velocidad de la marcha, el test de “levántate y anda” o escalas algo más complejas como el SPPB (Short physical performance battery) que combinan pruebas de velocidad de la marcha, equilibrio y sentadillas.

El por qué se produce la sarcopenia, es un mecanismo complejo en el que intervienen tanto la inadecuada ingesta proteica, el déficit de vitamina D, las alteraciones proinflamatorias propias de la edad o los déficits hormonales, entre otros factores, y como un elemento a desatacar debemos reseñar la falta de actividad física. En este sentido, y a falta de un arsenal farmacológico propio, podemos actuar de forma eficaz sobre la sarcopenia potenciando la nutrición y el ejercicio.

Es decir, lo que nos decía Hipócrates (posiblemente el primer Geriatra de la Historia) de que una buena vejez se conseguía con buenos alimentos y ejercicio, sigue siendo válido después de tantos siglos…pero una vez más las respuestas sencillas no son tan obvias: ¿y cómo se prescribe de forma adecuada el ejercicio? ¿cuál es la mejor fórmula nutricional que podemos ofrecerles a nuestros pacientes ancianos sarcopénicos? No es objeto de este resumen ahondar en información que daría para varios volúmenes, pero afortunadamente cada vez hay más evidencia científica en ambos campos, y del “que coma variadito y camine una hora al día” ya podemos pasar a la prescripción de suplementación adaptada a los diversos tipos de pacientes que tenemos (diabéticos, nefrópatas, hepatópatas, veganos, que prefieran los sabores dulces o los cítricos, o que tengan disfagia); y los grupos de investigación punteros en el tema nos están diseñando programas de ejercicio que sean factibles para poder recetarlos, sí, recetarlos, a nuestros ancianos como la más eficaz de las pastillas (y encima sin necesidad de usar placebo).

Hablando de prescripción de fármacos, hay que tener en cuenta que muchas veces tendremos que pensar en lo contrario, es decir en desprescribir y quitar toda la medicación que empeore los eventos negativos ligados a la sarcopenia. Seamos serios, no podemos pedirle a nuestro anciano de 88 años que se vaya al gimnasio si mientras le mantenemos sedado con dos benzodiacepinas, un neuroléptico y varios opiáceos de diferentes escalones… puede parecer exagerado, pero los que vemos pacientes ancianos, sabemos que no es un chiste. Y menos, cuando publicaciones recientes nos indican que estos fármacos no solo alteran la coordinación y el equilibrio actuando a nivel del sistema nervioso, sino que además, están relacionados con la aparición de sarcopenia per se.
En conclusión, la sarcopenia es un problema típico y grave en los ancianos, y como todo síndrome geriátrico, debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano para detectarlo, tratarlo y devolver la calidad de vida que se merecen a nuestros pacientes geriátricos.

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