EL FINAL DE VIDA DE JOSE

En la mañana de un día cualquiera de agosto, acudo a valorar a José, 89 años. Su médico solicita valoración geriátrica debido al incremento de su fragilidad en el contexto de comorbilidad crónica y envejecimiento avanzado.

Observo el entorno hospitalario, poca luz, dos camas separadas por una cortina, poca intimidad, los profesionales entran y salen, saludan a José: “¿Qué tal José? ¿Cómo se encuentra? Le veo muy bien, hasta luego José” . José saluda con un gesto y vuelve a
adoptar la misma postura en la cama, cierra los ojos y se inhibe. Necesita oxígeno las veinticuatro horas, sus pulmones han claudicado y precisa asistencia para todas las actividades básicas de la vida diaria.

“Buenos días, José”. No responde. Le toco el hombro, abre los ojos, perplejo, me mira y me reconoce. Se emociona. “Eres tú, cuánto tiempo sin verte”. Le abrazo y alzo la voz porque José tiene problemas de audición. Me siento en su cama y él se acomoda
haciéndome sitio. Hablamos de la familia, de la pérdida de su esposa e hijo, del dolor causado, del tiempo y sobre todo de su padecimiento ante la enfermedad que arrastra desde hace más de veinte años. Se muestra cansado de vivir. Su sufrimiento vital es inmenso mientras espera un empeoramiento de su enfermedad que implique la pérdida de sus funciones cognitivas y con ello la capacidad de ser él. “Si pudiera terminar en este momento sería el hombre más feliz de este mundo. Espero mi muerte como un regalo
porque la vida ya no me ofrece nada más. ¿Qué sentido tiene mi vida? He querido terminar con ella, pero no lo he conseguido, no he podido”.

José comenta que está preparado para el final de su vida, pero no sabe cómo expresarlo. “Los profesionales me visitan, ya no pueden hacer nada por mí, pues si no han logrado la cura de mi enfermedad en estos veinte años, ¿qué puedo esperar?”.
Ante las palabras de José intuyo que sus valores están en consonancia con una prestación de ayuda para morir, por lo que le explico que existe una nueva prestación sanitaria, un derecho, que contempla la muerte sin sufrimiento de forma voluntaria. José se reacomoda
en la cama, se muestra interesado en eso de la “ley nueva” pues había oído algo, pero nadie le había informado.

Conversamos sobre todos los aspectos de la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE). Una sonrisa emocionada me indica que lo ha entendido. “Yo quiero eso, quiero dejar de sufrir”. Sentí el agotamiento físico de José y me despedí hasta el día siguiente,
no sin que antes él me dijera: “¿Vendrás con la solicitud para hacer el trámite? ¿verdad? Quiero hablar primero con mis hijos”.
Tras la autorización de José, me reuní con sus tres hijos. Ellos manifestaron que “su padre era libre para elegir, que su vida le pertenecía, y que ellos solo estaban para respetar sus decisiones y acompañarle hasta el final”.

Al día siguiente, visito de nuevo a José y firma la primera solicitud de la prestación de ayuda para morir a través de la eutanasia. Me pide que sea su médica responsable. Su expresión era de gratitud y serenidad. Le recuerdo que hay que esperar a la resolución, la
espera puede ser larga. Me inquieta que su salud empeore y afecte a su capacidad cognitiva y no pueda concluir el procedimiento. Por ello le aconsejo que realice su documento de Manifestaciones Anticipadas de Voluntad (MAV) donde quede registrada
su voluntad. Está de acuerdo y el documento se tramita. Se incluye en la tramitación del proceso a un neumólogo como médico consultor, que ratifica que el sufrimiento de José es intolerable, irreversible y con riesgo de fallecimiento a corto plazo.

Ante la amenaza de un empeoramiento de la salud de José acorté los plazos de la segunda solicitud como se contempla en el artículo 5 apartado 1c. de la LORE, y envié toda la documentación a la Comisión de Garantía y Evaluación para su verificación y resolución.
En todo el recorrido del desarrollo de los términos de la Ley –solicitud, 1ª y 2ª deliberación, consentimiento informado, valoración por médica consultora–, la decisión de morir de José imperó de forma libre y sin condicionamiento externo. Esperaba con
inquietud la resolución de la Comisión.

José es trasladado a una habitación especial en el hospital. Le visitaba dos o tres veces al día. Yo también estaba inquieta ante el momento final. Compartía con José las vivencias del momento con total transparencia y naturalidad. Le acompañaba en la espera, y me
tranquilizaba su paz y su decisión sin fisuras.

Estaba en contacto permanente con la Unidad de Apoyo para la Prestación de Ayuda para Morir a la espera de la resolución de la Comisión. Una tarde después de tres semanas, la recibimos. Al día siguiente llegué emocionada al hospital para dar la noticia a José. Eran
las diez de la mañana. Llegó el día. A mediodía le pregunté a José si quería algo especial para su última comida. Le di unas compotas de manzana, tres, que tomó con mucho gusto, y saboreó una cerveza. Tras despedirse de su familia, José dice: “ya, ha llegado la hora,
no quiero esperar más, mi corazón está en paz y en tus manos”.

La enfermera responsable, su neumóloga habitual y yo acompañamos a José hasta el último momento, en el que nos dio las gracias y se despidió con un “hasta luego” adentrándose en un plácido sueño. Para todas nosotras era la primera vez. Sentimos la
emoción y la dignidad que impregnaban la muerte de José. En ningún final de vida de los que había presenciado a lo largo de mi vida profesional, y son muchos, había experimentado una sensación parecida.

Acompañar, escuchar y evitar el paternalismo es fundamental para que la persona anciana pueda ser libre y dueña de sí misma en todas las etapas vitales de su envejecimiento. No prejuzgar por edad, atender a sus necesidades, llegar a conocer su sentir mediante todos los recursos necesarios: actitud de acogida, escucha activa, comunicación pausada y empática, en espacio adecuado, con uso de prótesis sensoriales –gafas, audífonos– buscar el momento de su mejor confort, con presencia y compasión. De este modo se puede
trabajar el presente aclarando todos los aspectos de la enfermedad, adentrarnos en su devenir, el sufrimiento, tratamientos y final de vida.
La enfermedad no puede entenderse al margen de la persona, es ella quien, una vez informada sobre todas las perspectivas vitales, decide el abordaje de su sufrimiento cuando este es crónico, persistente e inunda todos sus espacios de vida. Esto la convierte
en objeto de cuidados y le provoca un sentimiento de indignidad que ahonda más en su
sufrimiento vital.

Para preservar la dignidad debemos ofrecer una actitud de ayuda, acompañamiento, escucha y cuidados, con la finalidad de que nuestra condición humana se vea revalidada.

Elisa Corujo. Médica Geriatra